Decía el gran científico Louis Pasteur: «Maravillarse de todo es el primer paso de la razón hacia el descubrimiento».
También nos lo recuerda Luigi Ballerini, escritor para jóvenes y médico psicoterapeuta, en el artículo que nos ha inspirado para esta idea[1] «En el fondo, maravillarse no es más que una forma de confianza […] Es la idea de que todavía existe un mundo por descubrir, comprender y encontrar. Esto explica por qué la pérdida de esta capacidad (maravillarse) es tan grave: sin ella, la vida se hace monótona en la repetición de una mirada cansada que ya no ve nada. […] Si perdemos la capacidad de maravillarnos, no nos volvemos más realistas ni más eficientes; solo perdemos la posibilidad de dejarnos interpelar por la realidad, de reconocer que nosotros mismos podemos seguir cambiando y mejorando a través de aquello que encontramos
La maravilla nos recuerda que no todo depende de nosotros. Es una invitación a acogerla con el corazón abierto, a reconocer lo que la vida quiere decirnos y a estar agradecidos por ello. La maravilla evoca el asombro, esa extraordinaria capacidad de los niños para abrirse a la vida y a las relaciones; dimensiones, estas, constitutivas del ser humano, que desde hace milenios son una clave de la aventura del pensamiento humano, enseñándonos a descentrarnos para ir al encuentro de las personas que quizá nos esperan, que viven las mismas dificultades cotidianas y las mismas esperanzas que nosotros.
Hoy los desafíos que provienen de las redes sociales y de la Inteligencia Artificial parecen apagar esta capacidad: ¿ya lo hemos visto todo? Y, sobre todo: ¿nos estamos acostumbrando a todo? A menudo son los pequeños gestos los que tienen la capacidad de volver a encender el asombro.
Asombrarse significa mantener viva la capacidad de maravillarse, de aprender de lo nuevo y de reconocer el valor de las personas y de las situaciones que encontramos, sin resignarnos a la indiferencia ante al dolor y al sufrimiento. Tengamos el valor de mirar la realidad con atención y apertura poniéndonos en el lugar de los demás, ofreciendo escucha y apoyo sin juzgar y cuidando de quienes atraviesan momentos importantes o complejos.
Son muchas las historias cotidianas de esfuerzo, de enfermedad, de vidas que parecen perdidas o sin sentido; y, sin embargo, siempre puede surgir un horizonte nuevo e inesperado. En las familias, en los centros sanitarios y asistenciales y en tantas situaciones de fragilidad, es posible contemplar con asombro los signos de la revolución más poderosa: la de un amor capaz de ir más allá de lo que cabría esperar.
Dejémonos sorprender con vulnerabilidad y humildad por todo aquello que sale a nuestro encuentro y hagamos que no quede confinado en la intimidad del corazón, sino que se manifieste en las relaciones, en la vida compartida, en el tejido de las futuras generaciones.
[1] https://www.avvenire.it/idee-e-commenti/lasciarsi-stupire-dalla-meraviglia-quello-che-i-ragazzi-ci-ricordano_109483