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Palabra de vida

«No maltratarás al forastero, ni le oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto» (Ex 22, 20).

La experiencia de sentirse extranjero

octubre 2026

Ser extranjero no es solo una condición jurídica o geográfica. Es también una experiencia humana que casi todos, de una manera u otra, hemos vivido alguna vez.

Podemos sentirnos extranjeros cada vez que entramos en un contexto cuyos códigos desconocemos: un país nuevo, un nuevo trabajo, una escuela, una residencia, un grupo social o incluso una familia que no es la nuestra. También podemos sentirnos extranjeros cuando las nuevas generaciones utilizan lenguajes y referentes que nos resultan incomprensibles, o cuando descubrimos que la sociedad a la que creíamos pertenecer ha cambiado en una dirección que ya no reconocemos. Todos sabemos qué significa sentirse fuera de lugar: una experiencia común que puede ayudarnos a ponernos en la piel del otro.

La historia de la humanidad ha sido siempre una historia de encuentros entre culturas. Si, por una parte, las migraciones han generado conflictos y dificultades, por otra han favorecido el intercambio, el enriquecimiento mutuo y la profunda transformación de las sociedades. Por eso podemos contemplar el fenómeno migratorio no solo como una emergencia, sino también como una oportunidad para renovar la familia humana. Es una invitación a salir de nuestras seguridades para ir al encuentro del otro.

El verdadero reto es vivir este cambio de época con una mirada capaz de descubrir las semillas de esperanza que las migraciones llevan consigo, transformando la acogida en un espacio donde construir fraternidad.

Podemos empezar con pequeños gestos. Acciones que pueden parecer insignificantes, pero que, unidas a las de muchas otras personas, forman una cadena silenciosa y real capaz de convertirse en un «dique contra la barbarie».

Así lo expresaba Chiara Lubich en una de sus últimas intervenciones públicas, en Londres, en junio de 2004:

«[…] nuestra experiencia nos dice que, para quien hoy se dispone a mover las montañas del odio y de la violencia, la tarea es inmensa. Pero aquello que es imposible para millones de personas aisladas y divididas parece hacerse posible para personas que han hecho del amor mutuo, de la comprensión recíproca y de la unidad el motivo esencial de su vida. […]».

Cuando vivimos así, el diálogo puede convertirse en una verdadera cultura del encuentro, en la que la diversidad de cada uno deja de ser una barrera y se convierte en un don para el bien común. Como testimonio de ello, un párroco suizo explica las «lecciones» que ha aprendido viviendo en un centro de acogida para personas migrantes. Por una parte, la toma de conciencia de hasta qué punto el racismo está latente en cada uno de nosotros; por otra, la extraordinaria fuerza transformadora que nace del encuentro: «Solo un ejemplo: aquí, en Lucerna, vivió con nosotros durante tres años un joven de Ruanda. No tenía documentación y, cuando llegó, estaba muy afectado psicológicamente. Al principio no fue fácil. Pero, poco a poco, su personalidad original volvió a resplandecer y, con ella, también nuestra comunidad plural floreció en una vida aún más hermosa. ¡Cuánto reímos, celebramos, rezamos y superamos juntos incertidumbres y grandes retos! Nos convertimos en hermanos. Esto se hizo especialmente evidente el día de la partida, contra su voluntad, de este hermano nuestro ruandés. Cuatro policías vinieron a buscarlo a nuestra casa para devolverlo por la fuerza a su país. Se sorprendieron mucho al encontrar allí a diez personas de diferentes nacionalidades que habían venido a despedirse de él y ver un ambiente sereno en una situación tan difícil. (…) Han pasado cinco años y sigue muy vivo, de un continente a otro, el profundo vínculo familiar que se ha creado entre nosotros»[1].


[1] «Migrazioni: sfide e opportunità” en: Ekklesia – n.26 (2025/1)


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