Admitámoslo: en el momento histórico que vivimos, en el que cada día recibimos noticias más alarmantes, hablar de coraje puede parecernos casi fuera de lugar. Todo parece llevarnos al desánimo, atrapados entre la inseguridad ante situaciones que nos superan y unas expectativas que nos exigen estar siempre a la altura.
Pero tener coraje no significa no sentir miedo, dolor o impotencia. A veces consiste simplemente en no dejarnos vencer por ellos y encontrar la fuerza para seguir adelante. Y, muchas veces, esa fuerza nace precisamente cuando no afrontamos solos lo que nos sucede.
Escribe Chiara Lubich: «Si hay una realidad misteriosa en nuestra vida es el dolor. […] Incluso quien está a nuestro lado y nos quiere, es a menudo incapaz de ayudarnos a resolverlo; y, sin embargo, a veces nos basta con que alguien lo comparta con nosotros, quizá en silencio»[1].
La palabra clave es precisamente esta: “compartir”. Porque también hace falta coraje para salir de nosotros mismos, acercarnos a los demás y no permanecer indiferentes ante lo que viven.
Incluso en los momentos más oscuros, intentemos encontrar la fuerza para vencer el mal con el bien. No nos encerremos en nosotros mismos, sino que permanezcamos abiertos a los demás, cuidándolos con pequeños gestos concretos, tanto en las pequeñas acciones cotidianas como en el compromiso social por construir el bien común.
A veces, el coraje de una persona es posible gracias a otras que, en el momento necesario, deciden no mirar hacia otro lado. Lo muestra la historia que cuenta Mario Calabresi sobre su encuentro con Alí, un sastre muy apreciado que trabaja en una pequeña tienda de una ciudad del norte de Italia. «Una vida que sorprende a cualquiera que quiera alejarse de las simplificaciones de nuestro tiempo. Pensemos cuántas podrían aplicarse a Alí, reduciéndolo a un número, uno más entre tantos: “refugiado”, “clandestino”, “inmigrante ilegal llegado en patera”, “solicitante de asilo” … Porque Alí ha sido todas estas cosas. (…). Alí ha conseguido construirse una vida serena y normal, la que soñaban sus padres, porque encontró personas que, en los momentos más difíciles, le tendieron la mano y no dejaron que se hundiera. Ocurrió cuando, en el bosque de la frontera con Bulgaria, una voz le dijo que cambiara de dirección para evitar que los guardias fronterizos le dispararan; ocurrió cuando su amigo Ahmad lo arrastró hasta la cubierta de la embarcación que los llevaba hacia Italia, para evitar que muriera ahogado». Y esa ayuda continuó cuando el alcalde de una pequeña ciudad del sur de Italia lo acogió en la casa de una tía anciana que había fallecido hacía poco; cuando dos profesores jubilados de un pequeño pueblo del otro extremo de Italia, en el norte, le abrieron las puertas de su casa para que no tuviera que dormir en la estación o en el parque; y cuando un grupo de amigos lo avaló ante la agencia inmobiliaria para que pudiera alquilar el local.
Calabresi concluye: «Su relato me dice que los demás pueden marcar la diferencia. Los demás somos nosotros»[2]
[1] C. Lubich, Palabra de vida de marzo de 2005: Palabras de Vida/2 (1991-2006) (ed. F. Ciardi), próxima edición.
[2] Mario Calabresi, Ricucire la vita («Remendar la vida»): https://mariocalabresi.com/ricucire-la-vita-2.