6 de octubre
5 de octubre
4 de octubre
3 de octubre
2 de octubre
Acuérdate del bien recibido y haz lo mismo
No maltratarás al forastero, ni le oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto
La experiencia de sentirse extranjero
Ser extranjero no es solo una condición jurídica o geográfica. Es también una experiencia humana que casi todos, de una manera u otra, hemos vivido alguna vez. Podemos sentirnos extranjeros cada vez que entramos en un contexto cuyos códigos desconocemos: un país nuevo, un nuevo trabajo, una escuela, una residencia, un grupo social o incluso una familia que no es la nuestra. También podemos sentirnos extranjeros cuando las nuevas generaciones utilizan lenguajes y referentes que nos resultan incomprensibles, o cuando descubrimos que la sociedad a la que creíamos pertenecer ha cambiado en una dirección que ya no reconocemos. Todos sabemos qué significa sentirse fuera de lugar: una experiencia común que puede ayudarnos a ponernos en la piel del otro. La historia de la humanidad ha sido siempre una historia de encuentros entre culturas. Si, por una parte, las migraciones han generado conflictos y dificultades, por otra han favorecido el intercambio, el enriquecimiento mutuo y la profunda transformación de las sociedades. Por eso podemos contemplar el fenómeno migratorio no solo como una emergencia, sino también como una oportunidad para renovar la familia humana. Es una invitación a salir de nuestras seguridades para ir al encuentro del otro. El verdadero reto es vivir este cambio de época con una mirada capaz de descubrir las semillas de esperanza que las migraciones llevan consigo, transformando la acogida en un espacio donde construir fraternidad. Podemos empezar con pequeños gestos. Acciones que pueden parecer insignificantes, pero que, unidas a las de muchas otras personas, forman una cadena silenciosa y real capaz de convertirse en un «dique contra la barbarie». Así lo expresaba Chiara Lubich en una de sus últimas intervenciones públicas, en Londres, en junio de 2004: «[…] nuestra experiencia nos dice que, para quien hoy se dispone a mover las montañas del odio y de la violencia, la tarea es inmensa. Pero aquello que es imposible para millones de personas aisladas y divididas parece hacerse posible para personas que han hecho del amor mutuo, de la comprensión recíproca y de la unidad el motivo esencial de su vida. […]». Cuando vivimos así, el diálogo puede convertirse en una verdadera cultura del encuentro, en la que la diversidad de cada uno deja de ser una barrera y se convierte en un don para el bien común. Como testimonio de ello, un párroco suizo explica las «lecciones» que ha aprendido viviendo en un centro de acogida para personas migrantes. Por una parte, la toma de conciencia de hasta qué punto el racismo está latente en cada uno de nosotros; por otra, la extraordinaria fuerza transformadora que nace del encuentro: «Solo un ejemplo: aquí, en Lucerna, vivió con nosotros durante tres años un joven de Ruanda. No tenía documentación y, cuando llegó, estaba muy afectado psicológicamente. Al principio no fue fácil. Pero, poco a poco, su personalidad original volvió a resplandecer y, con ella, también nuestra comunidad plural floreció en una vida aún más hermosa. ¡Cuánto reímos, celebramos, rezamos y superamos juntos incertidumbres y grandes retos! Nos convertimos en hermanos. Esto se hizo especialmente evidente el día de la partida, contra su voluntad, de este hermano nuestro ruandés. Cuatro policías vinieron a buscarlo a nuestra casa para devolverlo por la fuerza a su país. Se sorprendieron mucho al encontrar allí a diez personas de diferentes nacionalidades que habían venido a despedirse de él y ver un ambiente sereno en una situación tan difícil. (…) Han pasado cinco años y sigue muy vivo, de un continente a otro, el profundo vínculo familiar que se ha creado entre nosotros»[1]. [1] «Migrazioni: sfide e opportunità” en: Ekklesia – n.26 (2025/1)
Palabra de vida
La Palabra de vida de este mes está tomada del libro del Éxodo, que relata las condiciones cada vez más desesperadas de los israelitas en Egipto. Oprimidos y reducidos a esclavos, claman al cielo pidiendo ayuda. Este clamor llega al corazón de Dios, que decide intervenir, y elige a Moisés como enviado suyo. Después de la liberación tiene lugar la ceremonia que sella la Alianza entre Dios e Israel. El documento que refleja esta relación es el llamado «Código de la Alianza» (Ex 20-23), aceptado por todo el pueblo (cf. Ex 24) y cuya parte más conocida son los diez mandamientos. A estos se añaden otras prescripciones y leyes de diverso tipo, todas relacionadas con el evento extraordinario de la liberación. La frase de este mes proviene de este patrimonio de normas de vida y de comportamiento. «No maltratarás al forastero, ni le oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto». El extranjero forma parte de las categorías preferidas y protegidas por Dios, pues está entre los más vulnerables, junto con el pobre, el huérfano y la viuda. La motivación de esta norma apela ante todo a la memoria de todo lo que vivieron los israelitas siendo esclavos en Egipto. La intervención poderosa de Dios en el Éxodo se reproduce continuamente en el Antiguo Testamento. Se trata de un evento que el pueblo ha de tener siempre presente, como algo que se repite de diversos modos en cada generación. Es significativa la frase de Orígenes en su comentario al libro del Éxodo: «Quien oprime al extranjero muestra que aún no ha abandonado Egipto»[1]. Este mandamiento apela también a la empatía: ponerse en el lugar de los demás ayuda a comprenderlos y a entender qué necesitan. A quien ha pasado por una experiencia difícil le debería resultar más fácil identificarse con el dolor del otro. Pero en el Antiguo Testamento no se trata solo de una experiencia humana: el primero en dar ejemplo de lo que significa entrar en la situación de los demás es Dios mismo. «No maltratarás al forastero, ni le oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto». ¿Cómo poner en práctica esta Palabra de vida? Podría ser útil preguntarnos: ¿he experimentado alguna vez el ser extranjero? ¿Me he sentido no aceptado, no acogido, incomprendido, fuera de lugar? ¿Qué he aprendido de estas situaciones? ¿Quién es para mí el extranjero? ¿Y quién es el extranjero para Dios? ¿Cómo puedo acogerlo sin reservas, tal como hace el Señor con nosotros? ¿Qué puedo hacer concretamente? Escribe Chiara Lubich: «Con un Dios que no hace distinción entre las personas, ¿cómo no grabarse en el corazón la fraternidad universal? Como hijos del mismo Padre, podemos descubrirnos hermanos y hermanas de cada hombre y mujer con quien nos relacionamos. Por lo tanto, si somos todos hermanos y hermanas, debemos amar a todos, empezando por quien tenemos al lado, sin detenernos. Así, nuestro amor no será platónico y abstracto, sino concreto, a base de servicio. Un amor capaz de ir al encuentro del otro; de entablar un diálogo, de identificarse con sus situaciones de necesidad, de asumir sus cargas y preocupaciones. Hasta que el otro se sienta comprendido y acogido en su diversidad y libre de expresar toda la riqueza que lleva consigo»[2]. Es la experiencia de Maryam, una joven paquistaní: «En un local, vi cómo el propietario le negaba un té a una señora mayor. Yo solo llevaba en el bolsillo unas rupias (la moneda local), pero me pareció que debía ayudarla, así que me acerqué al dueño y le dije que yo pagaba. Primero me miró dubitativo, pero después de una pausa, sonrió y me dijo: “No, no es justo. Si tú, una clienta, estás dispuesta a poner lo poco que tienes para preocuparte por ella, ¡cuánto más generoso debería ser yo como propietario! Para mí es más fácil darle una taza de té gratis que dejar que pagues tú”. Fue una experiencia fuerte. Procurando mostrar amor, primero a la señora y luego al propietario, he visto que un simple gesto de amabilidad puede abrir el corazón de otra persona». .Augusto Parody Reyes y el equipo de la Palabra de Vida [1] Orígenes, Homilías sobre el Éxodo, v, 5.[2] C. Lubich, Palabra de vida de mayo de 2006: Palabras de Vida/2 (1991-2006) (ed. F. Ciardi), Ciudad Nueva, Madrid 2026, p. 351.