5 de mayo
4 de mayo
3 de mayo
Jesús nos envía a llevar su amor
Como el Padre me envió, yo también os envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo
Una mirada que transforma
En los momentos de la vida en los que nos sentimos desanimados ante el futuro o decepcionados por las personas más cercanas, puede ocurrir algo repentino e inesperado, capaz de dar sentido a todo y transformar ese desencanto en alegría e incluso en una nueva paz dentro y fuera de nosotros. A veces se trata de una experiencia tan personal y profunda que nos da el valor de salir de nosotros mismos y compartir con los demás el motivo de nuestra alegría, casi como para animar a todos a revivirla, no solo individualmente sino también como grupo. Quién sabe si esto no puede convertirse en nuestra misión: llevar la alegría que es fruto de una transformación interior y que, a su vez, transforma nuestro entorno, renovándolo. Sin embargo, frente al impulso inicial, a esa sensación de poder «conquistar el mundo», la realidad es difícil de afrontar y los compromisos se vuelven difíciles de mantener. ¿Dónde encontrar la fuerza para no rendirse y ser siempre portadores de alegría y paz? ¿Cómo no dejarse vencer cuando a nuestro alrededor parece que la humanidad ha fracasado como tal? Puede ayudar tener una mirada diferente sobre las situaciones, lo que significa buscar todo lo positivo que hay en las circunstancias, sin ingenuidad, pero yendo más allá de las apariencias y encontrando la fuerza para no desanimarnos. Descubriremos que si cambiamos la forma en que miramos las cosas, las cosas que miramos, cambian. Se trata de comprometerse en una lucha diaria por el ideal de un mundo renovado. Podemos encontrar la fuerza uniéndonos a aquellas personas que, como nosotros, no se resignan al statu quo, sino que se unen para ser instrumentos de cambio. Especialmente en este momento histórico, es fundamental mirar ante todo dentro de nosotros mismos, escuchar nuestra conciencia, que en todo momento nos sugerirá cómo actuar o qué palabras compartir, para que el acercarnos a los demás, compartiendo sus aspiraciones, abra nuevos caminos de renovación de la sociedad.
2 de mayo
Palabra de vida
Después de haberse aparecido a María de Magdala en la mañana de Pascua, al atardecer de aquel mismo día el Resucitado se presenta por primera vez entre sus discípulos. La reacción inmediata de ellos es de alegría, acrecentada por la paz, esa paz verdadera que solo Él puede dar (cf. Jn 14, 27): «La paz con vosotros» (v. 21). Alegría y paz son frutos del Espíritu[1]. De hecho, Jesús les dice inmediatamente: «Recibid el Espíritu Santo» (v. 22). «“Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”». El Espíritu Santo no solo capacita a los discípulos para la misma misión que el Padre dio a Jesús, sino que los recrea como humanidad nueva. El gesto del Resucitado que sopló sobre ellos es el mismo que el Creador hizo en las narices del hombre, que formó con polvo del suelo (cf. Gn 2, 7). Así como la creación es obra continua del amor del Padre, que sostiene el universo entero, la nueva creación obrada por el Resucitado en el Espíritu Santo sostiene continuamente a la humanidad que está en camino hacia el Reino. La Palabra de Vida de este mes nos recuerda que en nuestra existencia tenemos una gran posibilidad: convertirnos en «otros Jesús». Y esto es verdad para cada uno de nosotros personalmente, pero aún más comunitariamente. Jesús habla en plural a sus discípulos, pues solo juntos, cada miembro con su peculiaridad, pueden repetir el cuerpo místico de Jesús. «“Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”». Así pues, como hijos en el Hijo, tenemos la misma vocación que Jesús: salidos del seno del Padre, estamos llamados a volver a Él y a repetir en el mundo sus gestos y sus palabras, acompañados por la gracia del Espíritu Santo. Si nos abrimos a este don, también nosotros podemos afirmar con Pablo: «Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). Entonces, esta palabra nos invita a profundizar nuestra relación con el Espíritu Santo, tanto en la oración como en la vida de cada día, «escuchando aquella voz» y recordando que «sin el Espíritu Santo, Dios resulta lejano, Cristo permanece en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia es una simple organización y la misión es propaganda. Pero con el Espíritu Santo, el cosmos se eleva y gime en el alumbramiento del Reino, Cristo resucitado está con nosotros, el Evangelio es poder de vida, la Iglesia significa comunión trinitaria y la misión es un nuevo Pentecostés»[2]. «“Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”». Andrés es un adolescente en plena crisis existencial: sus dudas sobre el sentido de la vida, el miedo al futuro y su sensación de fragilidad le parecen montañas insuperables, y a menudo se siente desanimado e infeliz. Alguien le sugiere hablar con Chiara Lubich. Justo antes de hablar con ella, Andrés la oye pronunciar en voz baja «Espíritu Santo», y comprende que Chiara está rezando. Durante el coloquio con ella se siente profundamente comprendido, escuchado tal como es. Y recobra la paz, no porque sus problemas hayan desaparecido de repente, sino porque ahora hay alguien con quien compartirlos. «De Chiara no solo recibí una ayuda concreta –confiesa años más tarde–, sino que también aprendí un estilo: estar cerca de quien sufre con delicadeza y comprensión, sin juzgar, tal como haría Jesús». Esto solo puede realizarlo el Espíritu Santo si lo acogemos y dejamos que actúe en nosotros. Claudio Cianfaglioni y el equipo de la Palabra de Vida [1] «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia…» (Ga 5, 22).[2] Ignacio IV Hazin, patriarca de la Iglesia Greco-Ortodoxa de Antioquía, Consejo Ecuménico de las Iglesias, Uppsala 1968.