3 de enero
2 de enero
¡Somos todos hermanos y hermanas!
Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que habéis sido llamados
Experimentar la unidad
El mundo de hoy padece una falta de unidad. Se ve en las divisiones en el ámbito familiar, entre vecinos, entre iglesias y comunidades, por citar algunos ejemplos. Parece que la polarización prevalece sobre el entendimiento. Es consecuencia del individualismo que toma la delantera y empuja a decidir y actuar por cuenta propia, buscando el propio interés o prestigio personal, menospreciando a los demás, sus necesidades y sus derechos. Y, aun así, es posible experimentar la unidad. Es un camino que empieza siempre por lo pequeño, por un sí interior: sí a acoger, sí a perdonar, sí a vivir para el otro. No se trata de grandes proyectos, sino de pequeñas fidelidades que, con el tiempo, transforman una vida, una comunidad, todo un ambiente. Y cuando esto ocurre, nos damos cuenta de que la fraternidad deja de ser un ideal y se convierte en una realidad visible y en esperanza para todos. Martin Buber considera que la unidad es relación. Es el espacio del encuentro, el que existe entre el Tú y el Yo, un lugar sagrado en el que las diferencias no desaparecen, sino que se reconocen mutuamente. Para él, la unidad nace cuando dos realidades se dejan tocar, y no cuando una se impone sobre la otra. Este “entre” puede entenderse como un espacio que acoge la diversidad y que, precisamente por ello, se convierte en fuente de comunión. Por eso, para Buber, Toda verdadera vida es encuentro (Ich und Du, 1923). Así pues, en el otro —ya sea un amigo, un familiar o cualquier persona que encontramos en nuestro camino— descubrimos la gran “oportunidad de la relación”. En particular, el otro “nos salva” cuando una situación difícil parece aprisionarnos en nuestros miedos, permitiéndonos ir más allá de nosotros mismos. Vivir para estar unidos significa caminar juntos a pesar de las diferencias, transformándolas en un tesoro y no en un obstáculo. Es una invitación a pasar de la simple convivencia al encuentro, donde lo que pertenece a cada uno, en la reciprocidad, se vuelve nuevo porque es compartido y puesto en relación. La unidad, entendida así, no es la suma de los dos, ni tampoco fragilidad: es fuerza que genera esperanza de que todavía haya un mañana. La diversidad ya no es falta de unidad, sino que se convierte en riqueza mutua. Es sentir que lo que sucede en el otro también resuena en mí. La unión no consiste en la igualdad, sino en la armonía, nos recuerda Rabindranath Tagore. Que este mes podamos experimentar la alegría, la luz, la vida, la paz y la esperanza que nacen de la unidad vivida. Si somos uno, todo se percibe de otra manera.
Palabra de vida
En la Semana de oración por la unidad de los cristianos[1] estamos invitados a concentrar nuestra atención en un tema en particular, el que se refiere en la Carta de Pablo a los Efesios. En las llamadas cartas de la prisión, Pablo se dirige a sus destinatarios exhortándolos a dar un testimonio creíble de su fe a través de la unidad, basada en una única fe, un solo espíritu y una sola esperanza, solo a través de la cual se da testimonio de Cristo como cuerpo. «Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados». Pablo nos llama a la esperanza. ¿Qué es la esperanza y por qué se nos invita a vivirla? Es un brote, un regalo y una tarea que tenemos el deber de custodiar, cultivar y hacer fructificar para bien de todos. «La esperanza cristiana nos encomienda situarnos en la delgada línea del cordal, esa frontera donde nuestra vocación nos exige elegir cada día y en cada momento ser fieles a la fidelidad de Dios por nosotros»[2]. Para los cristianos, nuestra vocación, nuestra llamada no es un asunto solo entre el individuo y Dios, sino que es «convocación», es decir, somos llamados juntos, es la llamada a la unidad entre quienes se comprometen a vivir el Evangelio. En las intervenciones y escritos de Chiara Lubich encontramos a menudo referencias explícitas a la unidad como aspecto propio de su espiritualidad: esta es fruto de la presencia de Jesús entre nosotros. Y esta presencia es fuente de una profunda felicidad. «Si la unidad es tan importante para el cristiano, entonces nada se opone tanto a su vocación como el faltar a ella. Y pecamos contra la unidad todas las veces que cedemos a la tentación –que reaparece continuamente– del individualismo, el cual nos impulsa a hacer las cosas por nuestra cuenta, a dejarnos guiar por nuestro juicio, nuestro interés o prestigio personal, ignorando o incluso despreciando a los demás, sus exigencias y sus derechos»[3]. «Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados». En Guatemala hay un diálogo muy activo entre los miembros de distintas Iglesias cristianas. Nos escribe Ramiro: «Preparamos la Semana de oración por la unidad de los cristianos junto con un grupo de personas de distintas Iglesias. En el programa se incluyó un festival artístico preparado con los jóvenes y varios actos en las distintas iglesias. La Conferencia Episcopal católica nos pidió que continuásemos con la experiencia preparando también un rato de intercambio con un grupo de obispos católicos y personas de distintas Iglesias que habían confluido desde toda América para un encuentro dedicado al 1700 aniversario del Concilio de Nicea. Más allá de estas actividades, experimentamos muy fuerte la unidad entre todos nosotros y los frutos que esta lleva consigo: fraternidad, alegría y paz». Patrizia Mazzola y el equipo de la Palabra de Vida [1] Esta se celebra en el hemisferio norte del 18 al 25 de enero, y en el hemisferio sur, en la semana de Pentecostés. Los textos de la oración de este año han sido preparados por un grupo ecuménico coordinado por la Iglesia Apostólica Armenia.[2] Madeleine Delbrêl, considerada por muchos una de las personalidades espirituales más significativas del siglo xx: https://www.pasomv.it/files/bocc/madalein_del_brel_noi_spes.pdf.[3] C. Lubich, Palabra de Vida de julio de 1985: EAD., Palabras de Vida/1 (1943-1990), Madrid 2020, p. 343.