Phra Maha ThongrattanaThavorn, monje budista tailandés, falleció en la madrugada del pasado 10 de noviembre. Su vida pone de relieve un camino de diálogo entre las Religiones y su compromiso en trabajar por un mundo unido, por el entendimiento mutuo y por la paz.
Su contacto con la espiritualidad de la unidad tuvo lugar en 1995, en una visita a Loppiano (Florencia), ciudadela internacional del Movimiento 1 , donde conoció a Chiara Lubich. Años más tarde, recordando este primer encuentro cara a cara con Chiara, diría:
“Quedé fascinado por su persona, por sus ojos, por su sencillez, su premura, el respeto por lo que soy, la escucha profunda, la atmósfera indescriptible. […] Me habló de su vida cristiana, del carisma de la unidad… yo también me siento hijo suyo, por la luz que he recibido, pero también por la pasión en difundir la luz de la unidad entre todos”
Por su parte, Chiara reconoció en él un alma de extraordinaria profundidad, capaz de iluminar con autenticidad y respeto el camino del diálogo interreligioso, de ahí el nombre de «Luz Ardiente» con el que muchos lo conocen.
A partir de entonces, el monje tailandés se convirtió en un fiel amigo del Movimiento, participando en numerosos eventos tanto en Asia como en Europa. Su presencia era discreta pero intensa, y su mensaje siempre claro: las religiones no deben competir, sino colaborar por el bien de la humanidad.
La noticia de su fallecimiento se ha difundido rápidamente entre las comunidades de los Focolares de todo el mundo, a través de un escrito que Margaret Karram, presidenta del Movimiento, envió a todos recordando su figura. Entre otras cosas, decía:
«Vivió plenamente el nombre que Chiara le había dado, siendo en todas partes un instrumento de luz, consuelo y esperanza. Hasta el final, amó y vivió para construir la fraternidad. Durante su vida supo hablar de la unidad de una manera singular, con sabiduría y pasión a través de libros, revistas, programas de radio y encuentros con monjes y laicos budistas, algo que también le acarreó dificultades. Un día un monje le preguntó, perplejo: “Maestro, ¿usted sigue a una mujer cristiana?”. Él respondió: “No sigo a una mujer, sino su Ideal de fraternidad universal. Ella no es solo para los cristianos, también es nuestra”.
En su último mensaje me escribió: “Margaret, sufro, pero resisto, resisto, resisto, porque mi sufrimiento no es nada comparado con el de Jesús en la Cruz. Resisto porque soy hijo de mamá Chiara. Recuerda: ya no nos veremos, pero un día volveremos a vernos. Pronto iré a estar con ella”.
Personalmente, guardo en mi corazón cada palabra que me escribió y cada consejo que me dio. Me enseñó lo que significa “resistir por amor”, y su unidad conmigo fue un regalo precioso que jamás olvidaré».
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